viernes, 25 de diciembre de 2015

La tarde otoñal languidecía


La tarde otoñal languidecía, con ese color amarillento que adormece, iba despistada y a nadie veía. Unas campanas  en la iglesia me sobresaltaron, y al alzar la vista te vi, venias caminando con pasos trémulos, te acercabas, no me lo creía, fueron tantos años de ausencia, no podía ser,¿ Estaría soñando?

 Quise correr, esconderme, fulminarme, evaporarme, pero frente a mí, tus pasos se detuvieron. Todos los recuerdos de pronto llegaron a mi mente, tus ojos altivos de arriba abajo me examinaron, con una sarcástica sonrisa me dijo: ¿Cómo estás? ¿Tú qué crees? le  dije con una sonrisa diabólica en mi boca.

 Se torno la tarde en ese instante en duda, espanto, guerra, fuego, se llenó de lluvia, de llanto, de sueños dormidos, que se despertaron.

 Sus ojos, aquellos ojos que tantas veces besé mientras dormía me desnudaron, y un escalofrió  recorrió mi cuerpo que estaba temblando. Este cuerpo que fue suyo tantas veces, ahora cual lirio trasnochado, quería estar sereno, pero sin lograrlo.

 Tú cual ladrón robando, entrabas en mi vida nuevamente, sin pedir permiso, como en  aquellos años, y como un volcán que estaba sangrando, se desparramaron, los minutos, los  días, los años, que fueron mi sueño y mi engaño.

 Le miré a los ojos, sin que él notara mi gran sobresalto, dibujé una mueca  llena de sarcasmo, era mi antifaz, y empecé a actuar en esta comedia, que terminó siendo drama y que él había empezado.

 Te vi, sin sentirte, me hiciste tanto daño, que ahora soy yo la que le digo: Sigue tu camino, el mío, está ocupado.

Encarna Recio Blanco.





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